viernes 31 de julio de 2009

60. Jones el Violinista

La tierra conserva aún algunas vibraciones
donde tu corazón, y eso eres tú.
Si la gente descubre que puedes tocar,
debes tocar entonces, hasta el fin de tus días.
¿Ves un campo de trébol?
¿O ves una pradera para andar hacia el río?
Sopla el viento en el maíz: bien te frotas las manos
por los bistecs que enfilan listos para el mercado,
o percibes el roce de unas faldas
como el de las muchachas bailando en Little Grove.
Para Cooney Potter, una columna de polvo
o un torbellino de hojas eran señales de sequía,
a mí me recuerdan a Sammy el Pelirrojo
midiendo sus pasos, cantando Toor-a-Loor.
¿Cómo puedo labrar mis cuarenta hectáreas
(¡ni hablar de acrecentarlas!),
con esta mezcla de cornetas, fagotes y flautines
que agitan en mi mente cuervos y petirrojos
y el chirrido del molino de viento —si sólo esto?
Ni una vez en mi vida comencé a arar la tierra
sin que alguien se detuviera al borde del camino
y me llevara para un baile o un picnic.
Al final de mis días tenía cuarenta hectáreas,
un violín roto y una risa quebrada,
y miles de memorias y ni un solo
remordimiento.

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo

jueves 30 de julio de 2009

Algo muy bien podrían hacer con esas astas


Estados Unidos apagó un cintillo electrónico que difundía noticias en la sede de su misión en La Habana, y Yoani Sánchez, de Generación Y, se pregunta qué hará el gobierno cubano con las banderas que lo ocultaban.

¿Qué harán con las banderas? No lo sé.
Ahora bien, con las astas,
dado el grosor, tamaño, solidez
y altura solidaria
de sus miembros,
dada su juvenil
o recién descubierta
disponibilidad
para ensartar los símbolos
en el arco candente que une julio y agosto,
dada la redondez de su calibre
y la pulida, enhiesta superficie
de su metal, bañado en el salitre,
conocedor de multitudes
danzantes, de alaridos
diurnos, nocturnos, del sudor y el canto,
exaltado en la música del mar
y en la proximidad de sus iguales,
algo muy bien podrían hacer con esas astas.

Foto: AP.

59. Cooney Potter

Heredé cuarenta hectáreas de mi padre
y, haciendo sudar a mi esposa y a mis dos hijos y dos hijas
desde el amanecer hasta el crepúsculo,
adquirí mil hectáreas. No contento,
deseando tener dos mil hectáreas,
me ajetreé con el hacha y el arado por años,
cultivando la tierra, sacrificándome a mí mismo
y también a mi esposa, a mis dos hijos y dos hijas.
Squire Higbee me acusó injustamente
de morir a causa de los tabacos Red Eagle.
Los pasteles calientes, los buches de café
en las abrazadoras horas de la cosecha
me trajeron aquí no bien cumplí sesenta años.

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo

miércoles 29 de julio de 2009

Bruguera, Pánfilo y Raúl


Fidel se limpia con la mano, la pone frente a la lámpara y proyecta en la pared la figura de Raúl. "Una sombra: ése soy yo". Sombra Chinesca (Lauzán), Don Segundo Sombra (Enrisco) y el compañero holguinero que colocó mal el sol. El cooooprovinciano de Raúl. O de Pánfilo II. Porque Raúl y Pánfilo son el mismo fenómeno, tragos más, tragos menos. Raúl improvisa en la sombra y se hace un autorretrato. Pánfilo se hornea vuelta y vuelta (con alcohol de reverbero y radiación ultravioleta) y se le escapa un análisis de la realidad nacional. Cuando se apartan del libreto secretan realidad objetiva. Realidad pura de 90°, al sol, o de 40°, a la sombra. Para que no se nos desmaye. De Arte Calle a Arte Tribuna, del surrealismo con papayas al hiperrealismo locuaz o el performance comprometido/comprometedor. Bruguera, Pánfilo, Raúl y la revolución de las artes visuales en la Cuba de los '00.

Y si de pronto esa muchacha

Y si de pronto esa muchacha
accediera a ofrecerte
todas sus tardes y acuarelas
y dibujara para ti un camino
con sus pinceles predilectos…
Vamos, no te impacientes.

Si ella pusiera en vilo
por tu culpa, sin culpa,
a sus más nobles allegados,
a sus amigas semanales,
y fuese incluso necesario
hablar contigo, prevenirte…
No sonrías de antemano.

Si ella acertara a amarte
y asumiera ese sueño
que va de siglo en siglo,
de mano en mano el hombre
reinventando, perdiendo,
y desarmara el mundo
(ya sé que no es posible)

y escapará contigo
y de ti, también de ella,
y te llevara lejos,
donde el poder se olvide,
donde el mito no diezme la alegría…
Donde ni porra, es obvio.

Pero entonces qué miras.

martes 28 de julio de 2009

58. Sam Hookey

Huí de casa con el circo,
enamorado de Mademoiselle Estralada,
la domadora de leones.
En una ocasión, cuando los leones no habían
probado de comer por algo más de un día,
entré en la jaula y comencé a darle latigazos a Brutus
y a Leo y a Gipsy.
Brutus saltó sobre mí
y me mató.
Al llegar a estas regiones
me maldijo una sombra
y dijo que aquello me lo tenía merecido.
¡Era Robespierre!

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo

domingo 26 de julio de 2009

La demora

Suerte del agua por tu piel tendría
y de tu luz memoria alucinada
si de no tan distante madrugada
naciera yo a tu cuerpo y cercanía.

Mía fuera mi voz y bogaría
como en la piel dormida la mirada,
y tocaría a puerta condenada
mi palabra, por sólo serte amiga.

Temblor se hizo la sed y se demora
al borde de un temblor adolescente
que hace rosa la sangre y el sol dora;

laberinto de venas azulean
el seno, el talle y la desobediente
alegría del cuerpo en que alborean.

miércoles 22 de julio de 2009

57. Deacon Taylor

Fui miembro de la iglesia
y del partido prohibicionista;
y piensa la gente de mi pueblo que morí de comer sandías.
Lo cierto es que tenía cirrosis hepática,
pues cada tarde por treinta años
me deslicé en la sección por recetas
de la farmacia de Trainor
y me serví una porción generosa
del frasco denominado
"Spiritus Frumenti."

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo

martes 21 de julio de 2009

Ya habrás oído alguna vez

Ya habrás oído alguna vez
que el brillo de tus ojos,
la línea de tus labios
y la color de tu mejilla, Alina,
son polvo a plazo, pudrición lentísima
y velada, pero eso, pudrición,
alimento del tiempo.

Ahora juzga de mí, de mis poemas,
de mis inclinaciones.

domingo 5 de julio de 2009

56. Homer Clapp

Aner Clute
a menudo se negaba
a darme el beso de despedida en la verja,
diciendo que antes precisábamos estar comprometidos;
y con un distante apretón de manos
me daba las buenas noches, al traerla de vuelta
de la pista de patinaje o de ver un reestreno.
Mas no bien se alejaban mis pisadas
se escurría Lucius Atherton
(me enteré cuando Aner se fue a Peoria)
al pie de su ventana,
o se la llevaba a pasear por el campo
tras su flagelada cuadrilla de bayos.
El choque de enterarme me hizo asentar cabeza
y puse toda la herencia que recibí de mi padre
en la fábrica de envases, para obtener el puesto
de jefe contador, y todo lo perdí.
Entonces comprendí que era un idiota nato
a quien solo la muerte trataría como igual
con otros hombres, y me haría sentir hombre.

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo