8 de octubre de 2008

Yo quisiera ser



El honor vino a mí a los once años.
Isabelita, Carmencita, Magalita e Ileana
habían sido insultadas por los muchachos de la escuela
de retardados mentales, a dos cuadras de allí
donde cursábamos nosotros la primaria.
Había que hacer algo, nos dijimos,
limpiar aquella mancha —no recuerdo
si era piropo obsceno o leve toque de una nalga—
y allá fuimos Emilio, Isuán, Roberto y yo
con el corazón limpio, alto y alerta.

Uno nunca se arrepiente de haber sido valiente,
creo que ha dicho Borges,
pero aprende muchísimo intentándolo.
Fuimos directo al albergue de los varones, que estaba
en la esquina de 15 y 206, en Siboney,
y alguno de nosotros pitó feo
exhortando a los muchachos del albergue
a pagar varonilmente el precio del insulto.
Salieron unos quince o veinte adolescentes
encantados de vernos por allí
y luego de una introducción que fue muy breve
vi a Roberto rodando por la calle,
Isuán, rodando por la calle, y un golpe seco por la espalda
me hizo volverme en busca de mi hora.
El atacante había sido un gordito malévolo
que huía a escabullirse sonriente,
y apenas quise alcanzarlo
sentí otro golpe tras la oreja y la protesta solidaria
de Isabelita: “¡sean hombres, den la cara, uno a uno!”,
pero aquellos muchachos tenían problemas de conducta
y seguían llegando golpes en todas direcciones.
Aquello duró un poco más de lo aconsejable
y a la alegría del valor siguió al azoro del naufragio,
y ver correr a Isuán me dio la fuerza que buscaba
para salir huyendo de aquel infierno juvenil
y reencontrarme con la tropa a media cuadra de la escuela,
en donde retocamos la historia hasta aplacarnos.

Sé que el honor en estos casos solo se prueba con la muerte
o algo compatible, como quedarse hasta el final.
El haberlo intentado no es suficiente, por supuesto,
haber ido muy lejos no es llegar,
y aquel roce de nalga, piropo obsceno o lo que fuera
seguirá resonando hasta la eternidad,
expandiéndose en ondas canallescas
y entretejiendo su maraña para atrapar ciudades,
estrellas, nebulosas, ángeles y esperanzas,
dándole a nuestra vida el halo triste de su límite,
la conciencia acechante del no ser
lo que debió haber sido hasta el absurdo.

4 comentarios:

gsanchez dijo...

Nunca pensé que fueran tan valientes, por lo visto no los he conocido bien

Güicho dijo...

Vaya, fue la influencia mitológica de 26-7 y Gramma. En otro país hubieran sabido que hay que ir con ventaja, o cazar por separado.

Jorge Salcedo dijo...

Gabi, nada de valientes, tarados. Aunque el Roberto del que habla este poema no es quizás quien piensas, sino otro amigo que murió a los 17 años. Lo mató un camión.

Güicho, en la infancia —todos los poemas de Mi vida en el ejército rebelde se inspiran en mi infancia— no hay una discriminación crítica muy sofisticada de los datos ni de sus fuentes. Uno está lleno de nociones que no ha puesto a prueba. Por lo general la experiencia simplifica estas nociones, aceptando unas, descartando otras. Pero hay formas más entretenidas de acercarse al asunto.

Anónimo dijo...

Deliciosa anecdota,claro, para mi,para ti pienso que no tanto.
Pero como dice la maxima olimpica,"lo importante no es ganar sino participar"
Un saludo.SLR.