4 de diciembre de 2016

Mitos de la Antigua Cuba

En la mitología de la Antigua Cuba, a Fidel Castro, el dios de la Revolución, se lo representa como un joven guerrero empuñando un fusil de mira telescópica, saltando de un tanque de guerra o avanzando sobre la tribuna, la diestra en alto, el índice extendido, conduciendo, instruyendo o amonestando a los cubanos. 

En el reino vegetal, se lo asocia con el caguairán, árbol autóctono, de madera muy recia; también con el cocotero, el marabú y la guayaba. Entre los animales, se le consagran el caballo, las vacas ubérrimas, el cerdo, la rata y los tiburones. Se lo invoca popularmente con los números 1, 13, 26 y 59; aunque su cifras secretas son el cero y el infinito. También el número 8. Sus colores distintivos son el rojo, el negro, el verde y el verde oliva, generalmente combinados en pares alternos: rojo y negro, verde y rojo.

Fidel aparece en varios cultos universitarios como una encarnación de la Justicia Social, la Revolución Socialista, la Revolución y la Soberanía de los Pueblos. La doble asociación con la Revolución Socialista y la Revolución a secas probablemente se deba a la contaminación mitológica del culto fidelista con otros cultos anteriores o contemporáneos al suyo que, al igual que el cristianismo, el comunismo y el fascismo, influyeron decisivamente en la religiosidad latinoamericana. 

En algunas tradiciones tropicales y subtropicales, Fidel aparece como alegoría de nociones abstractas del siglo XX tardío, principalmente del Tercermundismo y la No-Alineación (o No-Alimentación, dependiendo de la fuente), que no tuvieron continuidad.

De sus relaciones con Mirta, Natalia y Dalia, nacieron sus hijos mortales. De sus relaciones con Hatuey, Céspedes, Maceo y Martí, nacieron los cubanos. De sus relaciones con la prensa, nació la Revolución. También se le atribuye la paternidad de Daniel, Hugo, Dilma, Evo, Cristina, Rafael y otros dioses menores de la Gran Amazonía.

Innumerables leyendas y episodios bélicos dan cuenta de la astucia y valentía de Fidel, rasgos que algunos historiadores, sobre todo los más jóvenes, reclaman también para la figura histórica. En batalla desigual, Fidel destronó al tirano Batista, erradicó las plagas de analfabetismo, cerdos y vacas que asolaban los campos de Cuba, y las de prostitución y edificios, que asolaban sus ciudades. Pero su hazaña mayor fue la expulsión de los yanquis. Los “yanquis” fue el sobrenombre que Fidel dio a los súbditos y asociados del Imperio, su principal enemigo. Fidel enfrentó y derrotó a los yanquis en todos los rincones del mundo —el Caribe, Centro América, las selvas asiáticas y africanas, el Medio Oriente, los Andes, Hollywood y Naciones Unidas. También frustró sus más de seiscientos intentos por recuperar las empresas que les había confiscado.

Mención aparte merecen los incesantes y peculiares enfrentamientos de Fidel con los gusanos —un caso mitológico único—, pues él vivía obsesionado con esta plaga que brotaba las húmedas interioridades del trópico. Fidel derrotó a los gusanos en tantas ocasiones y de tan diversos modos que aquella guerra, en un comienzo cruenta y riesgosa, se convirtió con el tiempo en una fastidiosa rutina. Las invariables y contundentes victorias de Fidel contra Batista, el Imperio y los gusanos le ganaron el epíteto de “Nuestro Invicto Comandante en Jefe”, y su culto se extendió a todos los rincones del mundo.

Fidel tenía el don de la locuacidad y el poder de la magia. Su magnetismo era tan fuerte que perturbaba las telecomunicaciones, la órbita de los satélites y la estabilidad del planeta. Le bastaba un discurso para aniquilar ciudades, borrar industrias, tradiciones artísticas y periodos históricos, con todos sus eventos y personajes célebres incluidos. También hacía aparecer y desaparecer a Cuba, in situ o en otras partes, por lo que muchos estudiosos insisten en considerar a ese país como un atributo suyo. La hipótesis no es descabellada. En las excavaciones realizadas en los estratos rocosos de la isla que corresponderían a la dinastía castrista, se han encontrado restos de fortificaciones españolas adornadas con plomo, carrocerías inmaculadas de autos americanos, fusibles gigantescos de televisores URSS, pero ninguna evidencia material de los cubanos.

A Fidel se le atribuyen los milagros de la educación y la salud gratuitas, la mortalidad infantil negativa, la apertura de las aguas del Golfo y el generoso desvío de las tormentas tropicales hacia su propio territorio—para evitar víctimas en los países más pobres, todos bajo su protección. En Haití se le considera un dios fuerte y se le guarda el mayor respeto.

Cuenta la leyenda que, al morir, Fidel Castro tenía 900 años. A sus funerales asistieron todos los hombres y mujeres honrados del planeta, excepto Barack Obama. La ceremonia, multitudinaria y austera, fue organizada por Raúl Castro, su hermano, y por Bernarda Alba, una hermana de la orden franciscana social. Llevaban llorándolo 33 días y sus noches cuando, de repente y a la vista de todos, el cuerpo inmortal de Fidel se desprendió de su cadáver y ascendió hacia lo alto a través de un pasaje hacia lo desconocido que los allí presentes describieron entonces como una “súbita y espléndida pirámide de cristal”, un “torbellino de palabras gastadas” o un “rabo de nube invertido”. El cuerpo inmortal de Fidel, visible e invisible como el vapor de agua que asciende del asfalto, era también la viva imagen del guerrillero glorioso que entró en La Habana c. 1960. Anonadados, aunque no sorprendidos —él los tenía acostumbrado a estas cosas— los cubanos presenciaron la ascensión de Fidel como quien ve el cumplimiento de una antigua profecía: el héroe luminoso se hacía uno con el sol, la estrella principal, la más cercana, la más cálida.

Raúl recogió las cenizas mortales de su hermano, las depositó en un cofre de cedro, se ató el cofre a la cintura y fue arrastrándolo penosamente por los pueblos y ciudades del país hasta llegar a Santiago, en una peregrinación que duró 9 meses, seis horas y treinta y tres minutos. En el cementerio de Santa Ifigenia, tomó con sus propias manos las cenizas de Fidel, las mezcló con los restos mortales de Martí, y musitó para la Historia: “De aquí, ciudad de héroes, saldrán los nuevos inmortales. De aquí, ciudad gloriosa, saldrán los nuevos cubanos.” Pensó añadir un exaltado “patria o muerte: ¡venceremos!” y “¡hasta la victoria siempre!” para animar a los presentes, pero, por primera y única vez en su vida, le ganó un extraño deseo de no repetir a los otros. 

Los habitantes de la Cuba presente llevan una existencia regalada y tranquila, sin objetos, rituales ni símbolos que aludan a los mitos de la Antigua Cuba. Pero si alguien les pregunta, ellos le asegurarán al punto que Fidel Castro está allí, como siempre, en lo más alto, iluminando sus vidas, y que sienten su presencia todos los días del año. Especialmente en agosto, mes oficial de su culto, cuando le elevan encendidas plegarias, himnos y alabanzas.
[Publicado originalmente en Diario de Cuba.]

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