1 de enero de 2014

El poder de los cubanos y el ascensor de Artes y Letras

Agentes del régimen castrista tocándose los genitales durante un acto de repudio contra las Damas de Blanco en Colón, Matanzas el pasado 15 de diciembre. Crédito: Iván Hernández Carrillo.
El caciquismo es una plaga en la cultura nacional. No está de más recordárnoslo este 1ro. de enero y cada 1ro. de enero. Aún en sus más modestos trámites, el ejercicio de la autoridad parece siempre entre nosotros una modalidad del abuso. En la cuadra, la escuela, la tienda, el centro laboral, quién no ha observado cómo se hacen “respetar” los cubanos apenas se ven investidos con alguna autoridad. A mi amigo y profesor Salvador Redonet le divertía el fenómeno y me lo señalaba a menudo, sobre todo cada vez que coincidíamos en el ascensor de la facultad de Artes y Letras. A fines de los años ochenta, nadie estaba autorizado a operar aquel ascensor, excepto la ascensorista, quien nos obligaba a esperar un tiempo largo, imprevisible, antes de despegar. Quizás aquella señora cumplía reglas precisas y de una lógica impecable, pero la impresión que nos daba era más bien la opuesta: el ascensor se movía cuando a ella le daba la gana. Redonet sostenía que concederle autoridad a alguien sobre una puerta, una cátedra, un ascensor o un país, conducía invariablemente a convertirlo en el déspota de la puerta, la cátedra, el ascensor o el país, independientemente de sus cualidades personales. No sé si ésta era su forma de aplicar el marxismo a los bretes de oficina, entendiendo que la base del cargo determinaba la superestructura del “daño” —según entiende este concepto la escuela de Buena Vista— o si aquello era un modo retorcido y muy suyo de disculpar el despotismo. Contemplando a la ascensorista, yo fantaseaba con la posibilidad de someter su ejercicio a un horario, intervalo, número de pasajeros o cualquier otra medida objetiva que redujera su margen de discreción, pero no se me escapaba que semejante medida hubiese significado una afrenta muy seria a la dignidad de su cargo, su autoridad y su persona. No había razón, por demás, para tomarla con ella. La ascensorista ejercía su modesta autoridad de acuerdo al modelo imperante, del mismo modo que el ministro, el bodeguero, el taxista, la maestra o la editora. Lo cierto es que aquella hipótesis de Salvador Redonet y la parsimonia bovina de la ascensorista, redoblada ante el atisbo de la más mínima impaciencia, sembraron en mí la sospecha de que el poder solo es poder cuando se ejerce de un modo arbitrario e injusto. Cumplir o hacer cumplir leyes, reglamentos, acuerdos, normas jurídicas o éticas, no son actos de poder. Mandar, cumpliendo un mandato, es obedecer, no mandar. El poder como prurito, como gozo, a la cubana, se experimenta al revés, en la ruptura de las normas; es un rapto telúrico de la voluntad que se afirma y se confirma quebrando cualquier límite ajeno a su propia intensidad. No se siente el poder dictando sentencias justas, dando una nota merecida, reconociendo derechos o méritos bien ganados, sino metiéndole el pie a alguien, arrebatándole lo suyo, torciéndole el brazo, borrándolo a pesar de la justicia, los derechos, los méritos. Esta es, entre nosotros, la medida del poder. La revolución castrista, aquel carnaval que dio inicio con un desfile de carrozas blindadas y estrellitas barbudas, fue la experiencia colectiva de poder más intensa que hemos vivido los cubanos. Las teorías y coartadas que intentan dar cuenta de ella, a menudo se olvidan de explicar el placer, el paroxismo de la gente que iba arrollando en esa fiesta de los bajos instintos, cuyos reflejos aún asoman, bastante tenues ya, por cierto, en los actos de repudio. Quienes bailaron y gozaron con la Revolución, quienes la vivieron de veras, lo hicieron arrebatados por el verbo, las imágenes y los gestos del líder, identificados con él y experimentando con él el placer de hacer en Cuba su ilimitada voluntad, desde la base del escroto. Ese orgasmo prolongado más allá de lo aguantable es lo que hoy se celebra, o se aparenta celebrar en Santiago de Cuba, ante la anuencia o la resignación de una nación descojonada.

26 de diciembre de 2013

¡Y no se cayó el socialismo!



En el año 2020 le escucharemos al economista cubano Juan Triana Cordoví dirigirse al MININT en los siguientes términos: “Dejamos a los cubanos usar moneda convertible, entrar a los hoteles, viajar al exterior, trabajar por cuenta propia, vender casas y carros, tener celulares, computadoras, internet de banda ancha en sus casas, invertir en todos los sectores de la economía, expresarse y asociarse libremente, emplear y emplearse sin intermediarios ni límites, formar empresas, sindicatos, partidos, elegir a todos sus representantes políticos en elecciones libres… ¡y no se cayó el socialismo!

9 de diciembre de 2013

Rita, Graciela y el orgasmo en la música cubana

Leyendo el blog de Enrisco me encuentro un video de Rita Montaner interpretando Ay, José y me pregunto qué lugar tendrá esa actuación en la representación del orgasmo en la música popular cubana. O en la música a secas. Me recuerda a Graciela Pérez cantando aquel Sí sí no no que estrenara con tanto éxito con la orquesta de Machito en 1955. Sí sí no no ya la interpretaba el camagüeyano Orlando “Cascarita” Guerra con la Orquesta Casino de la Playa a finales de los años cuarenta. La canción es de Rafael Blanco Suazo y en el repertorio de la Orquesta Casino de la Playa se titula Esto es lo último, aunque por alguna parte leí que su título original era “Mi cerebro” —léase “mi coco”. La interpretación de “Cascarita” anuncia ya, sin dudas, lo de Rita y Graciela, pero no alcanza todavía la atmósfera erótica de esos gemidos, suspiros, quejidos, mimos y arrebatos sensuales que musicalizan tan bien las dos señoras habaneras—de Guanabacoa una, de Jesús María la otra. He encontrado la versión de Ay, José que hace Graciela con Machito y también la incluyo aquí. Fíjense que en esas interpretaciones no se trata solo del doble sentido de las letras, que seguramente se confunde con los orígenes de la canción cubana y siempre la acompaña —todas las canciones cubanas hablan de sexo o comida— y mucho menos de la forma de bailar esa música. Lo que tenemos aquí es la musicalización de la exaltación sexual femenina en sus más reconocibles cadencias y sonoridades, no una réplica sonora o simulación gestual de la cosa en sí. Pienso ahora que el enigmático gruñido de Pérez Prado es la respuesta perfecta, concentrada y varonil, a la llamada musical de estas hembras. Una erupción, un clímax, un parteaguas en la partitura del mambo. Según el propio Pérez Prado, el primero de esos gritos se le escapó en la grabación de una guaracha titulada “Vayan comiendo” —de comida— que hacía con “Cascarita” —el mismo “Cascarita”. Al escuchar la débil entrada de las trompetas el "cara 'e foca” dio un salto y gritó: “¡Duro!” El grito salió en la grabación y a Pérez Prado le gustó, por lo que decidió adoptarlo, modificándolo en esa exclamación ininteligible y visceral que ya ustedes conocen y que ahora pueden traducir por “¡Duro!” Así entran, duro, las trompetas y todo encaja en esta historia. Pero volviendo al principio, la interpretación de Rita Montaner en esa película mexicana de 1951 es la evidencia más antigua que conozco de la vocalización inequívoca de la excitación sexual en la música popular. Es probable que la propia Rita ya hubiese cantado eso antes y es muy probable, como sugiere Enrique, que el encanto que ejerciera sobre nuestros abuelos tuviera algo que ver con ese tipo de interpretaciones. Fíjense si no en la sonrisa de éxtasis de los miembros masculinos de la banda acompañante en el clip de más abajo. En fin, que sigo preguntándome cuándo fue que comenzó el atrevimiento ese de venirse en escena, musicalmente hablando. Lo que sí es obvio es que Ay, José y Sí sí no no son muy anteriores a Je t'aime moi non plus, de Serge Gainsbourg y Jane Birkin (1969) y a Love To Love You, Baby, de Donna Summer (1975), las piezas más conocidas del “género” orgásmico. Aquí van todos juntos, por orden de antigüedad. Dios los cría y mi blog los acoge.

Esto es lo último, Orlando “Cascarita” Guerra con la Orquesta Casino de la Playa, c. 1945. Vayan al minuto 29:41.


Rita Montaner interpretando Ay, José en Víctimas del pecado (1951), una película mexicana dirigida por Emilio Fernández. No se pierdan la cara de los percusionistas.


Graciela Pérez con la Orquesta de Machito, cantando lo mismo que Rita.


Graciela en Sí sí no no, con la orquesta de Machito, c. 1955. ¡A correr!


Graciela, en el 2003, conversando con unos estudiantes de Williams College sobre Sí sí no no, Ay, José y su forma de interpretar estos números. “Decían que era malo”.


Pérez Prado, Mambo #5. Escuchen lo duro que entran las trompetas.


Je t'aime moi non plus, de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, grabada en 1969.


Y si todavía tienen ganas, 17 minutos con Donna Summer. Love To Love You, Baby (1975).

17 de noviembre de 2013

Pueblo, esa mala palabra


La furia de los conversos y la vehemencia de los recién llegados pueden hacerme detestar mis más antiguas preferencias. Debo contener ese impulso con cada nueva oleada de opositores cubanos que toca esta ribera, aventados por la historia, amontonados por la geografía. ¡Qué de barcos, qué de barcos! ¡Qué de negros, qué de negros! Eso de llamarles “negros” a los recién llegados es ocurrencia de Nicolás Guillén, nuestro poeta de lo nacional. Pero ya apenas quedan negros en Cuba, según el último censo. Ahora todos somos barcos.

Similar al encono de los nuevos creyentes es el despecho de aquéllos que alguna vez nos amaron. Nadie nos odia con tanta devoción y acedía, nadie nos ignora con tanta meticulosidad. Pero mejor no entrar ahí. Aquí hablo apenas del desengaño político, del despecho de aquéllos que se entregaron a un líder, una causa, una idea en su más tierna edad y ahora reniegan de todo lo que pueda recordárselos. La verdad es que ni siquiera es necesario haber amado, basta haber crecido allí, en un cuarto modesto contiguo a la utopía, adormecidos al arrullo de la nana social o presionados a escucharla, tararearla, pestañearla, saborearla a toda hora.

A quienes tuvimos la desdicha de nacer y crecer durante los diez primeros quinquenios grises del castrismo, nada nos lo evoca tanto como la palabra  “pueblo”. Y con razón. Hace algún tiempo me entretuve en colocar en Wordle los discursos de Fidel Castro y pude comprobar visualmente la preeminencia del vocablo. "Pueblo" es un concepto central en la demagogia castrista y esa centralidad solo puede disputársela la inefable “Revolución”. Revolución, Pueblo, Cuba, País, Patria, Partido, en boca de Fidel Castro, son seudónimos de él mismo y de ahí proviene seguramente la alergia que nos producen.

Pero el uso demagógico de éste o aquel vocablo no debe hacernos creer que carecen de sentido o son, necesariamente, material exclusivo de demagogos. Creer que existen palabras demagógicas es tan inocente como creer que existen palabras poéticas. Si demandamos que los políticos renuncien a todas las palabras usadas por los demagogos, los condenamos al silencio. 
Existe el pueblo, por supuesto que existe. Y no hay ningún problema en llamar pueblo al conjunto de individuos que comparten vigencias sociales plenas y un repertorio común de experiencias colectivas con continuidad histórica. Claro que el término ha sido manipulado mil veces con criterios raciales, clasistas, ideológicos, para excluir a unos y azuzar a otros; claro que en nombre del pueblo se han cometido mil crímenes—ni más ni menos que en nombre de Dios, la justicia, la paz, la libertad, la patria y la virginidad de María. Ciertas nociones como “pueblo elegido” o “pueblo excepcional” y sus contrapartidas: pueblos prescindibles y enfermos, siempre serán peligrosas. Pero de poco vale renegar del vocablo y parlotear sin sentido con el sagrado arrebato de los “conductores de pueblos”, gente de lo más exaltada y de las más palabreras. Hablemos claro y sin complejos ni histerias cuando hablemos del pueblo, aunque sea para distinguirnos de los charlatanes de pueblo.

Gráfico: Representación visual del discurso de Fidel Castro el 1ro de enero de 1959. El tamaño de las palabras es directamente proporcional a su frecuencia.

13 de noviembre de 2013

Alguien tiene que decirlo

Ni religión secular totalitaria ni oposición divinamente inspirada. El voto de Dios no cuenta. Además, no existe.

Pedir solución civilista y revuelta popular, transición pacífica y cero diálogo con el gobierno es de esquizofrénicos.

Revoluciones y revueltas crean vacíos de poder que alguien tiene que llenar. Cuba, 1933 o 1959. ¿Necesitamos algo así?

Un proyecto de transición no es cualquier cosa que se presente como tal. Una campaña política no dura diez años. 

La fragmentación de la oposición es fragmentación, no otra cosa. La culpa es de los egos. Se los digo YO. 

El castrismo tiene una estrategia de cambio y una estructura organizativa. La oposición y el exilio carecemos de ambas cosas.

El cambio político en Cuba no va a llegar de carambola. 

A los opositores y activistas políticos hay que juzgarlos por lo que logran, no por lo que intentan. Por lo que logran en materia de libertades y derechos.

Las dinastías de la oposición son tan feas como las del gobierno.

La democratización de Cuba va a costar —ya ha costado— sangre, sudor y lágrimas. Pero no hay que planteársela necesariamente como una guerra.

5 de noviembre de 2013

75. John Horace Burleson

Gané el premio de ensayo en el colegio
de nuestro pueblo, y publiqué una novela
antes de cumplir veinticinco.
Me marché a la ciudad buscando nuevos temas y refinar mi arte;
allí contraje nupcias con la hija del banquero,
luego asumí la presidencia del banco—
siempre esperando un momento de ocio
para escribir una novela épica sobre la guerra.
Mientras tanto, fui amigo de los grandes y amante de las letras,
anfitrión de Matthew Arnold y de Emerson;
un orador de sobremesa, escribiendo ensayos
para clubes locales. Al final me trajeron aquí—
el hogar de la infancia, ustedes saben—.
En Chicago, ni una mínima placa
conserva mi memoria.
Qué gloria haber escrito un verso como éste:
“¡Ven ya, oh tú profundo, sombrío azul Océano!”1

1. Verso de Lord Byron: “Roll on, thou deep and dark blue Ocean, roll!”

Edgar Lee Master ((1868–1950)
Spoon River Anthology, 1916
Traducción: © Jorge Salcedo

4 de noviembre de 2013

74. Jack el Ciego

Ya había tocado todo en la feria del pueblo.  
Mas de regreso a casa, “Butch” Weldy y Jack McGuire,  
completamente borrachos, me hicieron tocar sin pausa  
las notas de Susie Skinner, mientras ellos zurraban los caballos  
hasta que se desbocaron.
Ciego yo como estaba, intenté escapar
mientras el carruaje se incrustaba en la zanja,  
me enredé entre las ruedas y morí.  
Aquí hay un señor ciego de frente tan amplia
y blanca como las nubes.
Y nosotros, violinistas, del más sublime al más humilde,  
compositores, contadores de historias,  
nos sentamos a sus pies,  
mientras nos canta la caída de Troya.

Edgar Lee Master ((1868–1950)
Spoon River Anthology, 1916
Traducción: © Jorge Salcedo

3 de noviembre de 2013

73. El Juez del Tribunal Superior

Advierte, caminante, las bruscas dentelladas
del viento y de la lluvia en mi busto de piedra—  
casi como si Némesis o aversión invisible  
registrara los puntos contra mí 
para borrar, no preservar, mi memoria.
Fui en vida el Juez del Tribunal Superior, registrador de marcas,
decidía los casos por puntos que anotaban los abogados, 
no en base a la justicia de los hechos.
¡Oh viento, oh lluvia, dejen tranquila mi cabeza de piedra!
Peor que el odio de las víctimas
y las maldiciones de los pobres,
fue yacer sin palabras, viendo nítidamente
que hasta Hod Putt, el asesino, 
sentenciado por mí a morir ahorcado,
era en su alma inocente, comparado conmigo.

Edgar Lee Master ((1868–1950)
Spoon River Anthology, 1916
Traducción: © Jorge Salcedo

1 de noviembre de 2013

72. William y Emily

¡Hay algo en la muerte
similar al amor!
Si con quien conociste la pasión 
y el esplendor del amor juvenil,
también, después de muchos años
juntos, sientes morir la llama,
y así se van desvaneciendo, juntos,
gradual, imperceptible, sutilmente,
como si el uno al otro en brazos se llevaran 
a través de la sala familiar—
¡Eso tiene un poder de unir dos almas
similar al amor!

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo

31 de octubre de 2013

71. Mrs. Williams


Yo fui esa sombrerera
de la que tanto hablaron y tanto calumniaron,
la madre de Dora,
cuya desaparición
fue imputada a su crianza.
Tuve un buen ojo para la belleza,
vi algo más en las cintas,
pasadores y plumas
y livornos y fieltros
que el realce de rostros simpáticos,
cabelleras oscuras y doradas.
Les diré una cosa
y les pido otra:
las que roban esposos 
usan polvos y alhajas
y sombrero a la moda. 
Esposas, úsenlos ustedes.
Un sombrero puede causar un divorcio—
también prevenirlo.
Ahora les pregunto:
Si todos los niños de Spoon River
hubiesen sido criados por el Condado, en una granja;
y las madres y los padres hubiesen quedado libres
para vivir, gozar y cambiar de pareja a su antojo,
¿creen ustedes que a Spoon River
le hubiese ido peor?

Edgar Lee Master: Spoon River Anthology
Traducción: © Jorge Salcedo

Ilustración: “Muchacha con sombrerón”, acuarela de Giovanni Boldini, c. 1900. (art x art cafe)