15 de marzo de 2009

Círculo Social Obrero Habana Yacht Club


Entrada del Club Náutico, en La Habana. Foto: Rolando Puyol -The H Magazine

Pudiera ser la circunstancia del mar por todas partes
o el calor elemental, Watson pero lo cierto
es que al fugarnos de la escuela
terminábamos mojándonos, a menudo en el mar,
que en las mañanas de los días laborables
estaba sosegado, aristocrático.
Así recuerdo el Náutico de mi adolescencia
sobre las diez de la mañana,
pero debo advertir antes de continuar
que el Náutico, el Casino Español y el Habana Yacht Club
tienen para mí dos épocas sin mayor relación.
Mi infancia y adolescencia transcurrieron en ellos
como mundos cerrados, sucesivos;
de la mano de mi madre, el primero,
el segundo, a la buena de Dios.

El Náutico de mi infancia era el asombro de la entrada,
el corredor con mar de fondo y el cielo raso de los arcos
abovedados, altísimos, sobre la pista de baile,
las taquillas de madera, espaciadas y oscuras,
la pizzería frente al mar con su barra en retorno
de granito, su piso de granito,
las banquetas cromadas con los asientos rojos
y las puertas de entrada a la cocina
que quedaban meciéndose
a causa del entra y sale no muy continuo de los camareros
con las bandejas en bandeja, sin jamás tropezarse,
las deliciosas pizzas tostadas en el borde
de un modo que jamás he vuelto a saborear:
madre, hambre y salitre a la salida de la playa.

El Casino Español fue mi escuela de deportes.
Aquí aprendí a nadar cuando tenía cinco años.
Mi madre, desconsolada a causa de mi asma
incipiente, o a lo mejor a causa de mis hombros,
hizo todo lo posible por hacerme nadador.
Era bastante rápido y me llevó a hacer las pruebas
para una escuela especial de natación. Dice mi madre
que nadé con un estilo impecable, pero lento,
mucho más lento que adrede.
Estaba tan insultada que decidió hacerme gimnasta
y fui gimnasta en el gimnasio del Casino Español.
Pero esto fue después. Aún siendo niño puedo ver
a un lado de la piscina a los adultos jugando
front tennis en las canchas —usaban palas de madera—,
y al otro lado el parquecito con el suelo de arena
y los columpios de metal —tenían forma de barco.

Ahora el Casino Español es un círculo obrero
pero yo soy gimnasta y puedo entrar, “voy al gimnasio”,
luego entro porque voy a practicar tenis de campo,
ya adentro será fácil irnos a jugar front tennis
o a bañarnos en el mar entre los muelles de antaño
porque la arena se ha ido —¡cómo es posible!— de la playa
y ha cedido su puesto al arrecife, a los cangrejos.
La arena antes llegaba hasta los cocoteros
que estaban precisamente entre el gimnasio y la playa,
mi memoria de niño me deja ver nuevamente
los lavapiés llenos de arena a la salida del mar;
mi profesor de gimnástica, el memorable Garcerán,
buceaba en la orilla en busca de sortijas
enterradas en la arena; mis ojos de adolescentes
me devuelven la terraza que da a los arrecifes,
voy pasando junto a ellos hacia la cafetería
y me tropiezo en el pasillo con dos sexagenarios,
ella ha puesto a un lado el cubo de la limpieza, él la atrabanca
contra la pared y a prisa se acometen, se entrechocan,
él explora con su lengua la cavidad bucal
de su amante, que se abulta, estoy pasando muy cerca,
no parecen notarme o no quieren notarme,
se arremeten lo mismo, desmandados,
no lo comento con nadie, pero probablemente
veinte años después todavía lo recuerde.

En el invierno el mar se pica, eso lo sabe todo el mundo.
Pero al salir del gimnasio algunas noches vamos
a zambullirnos en el mar. Los barquitos portugueses
y las aguamalas flotan a nuestro lado, acechantes.
La noche, el mar y el frío son las fronteras de la isla
y aquí se juntan brevemente, eso lo sabe todo el mundo.
Estamos sobre los muelles un tanto destartalados
del Habana Yacht Club, círculo social obrero
Julio Antonio Mella. Es cierto, parece un círculo obrero.
Se han pronunciado los muros que separan los clubes
y ahora sólo el mar nos da la libertad de movimiento
para atravesar los límites gremiales de la playa.
A veces vamos por el mar desde la costa del Náutico
hasta la playa del Habana Yacht Club.
El mar siempre nos da nuestra justa medida.
Generaciones de cubanos se han educado frente al mar
gratuitamente, y seguirán educándose.
Algún día alcanzaremos la alfabetización
del cien por ciento de la isla, quizás ya estamos cerca,
y viviremos esta poca cosa que somos con decencia,
dejando al mar las marejadas y la solemnidad
con que besan mi mano sus olas en la playa.

Me dicen que antes aquí no podía entrar todo el mundo.
Mi profesor de gimnástica no podía entrar aquí.
Mi profesor de natación no podía entrar aquí.
Aquí, por suerte, ya no existen instituciones racistas.
Aquí ya nadie es esclavo por motivos de color.
Existen blancos y negros, mulatos y mulatas
adornando la playa, reconciliadoramente,
intentando cruzar la cerca, saltar el muro,
empujando en la cola para que se arme el molote
y entrar en el tumulto camuflados de pueblo,
todos mezclados, obreros y estudiantes, solidarios,
disfrutando los clubes exclusivos de ayer,
disfrutando el país exclusivo de ayer,
un tanto despintado aquí y allá por el salitre.

1 comentario:

Manchiviri dijo...

Tienes bastante buena redacción, solo que eres un poco incongruente.
No das detalles de fechas y utilizas nombres antiguos de lugares conocidos, como si lo hicieras a propósito.