13 de agosto de 2008

Historia del caballo


Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, según unos guasones
del basurero, por donde cruzábamos
camino a las canteras, para nosotros lagos,
en donde veraneábamos por los años setenta.
El basurero, con su olor chamuscado,
era el traspatio de mi barrio,
y los testigos de Jehová
habían ido levantado sus casas
en sus alrededores y recodos,
no sin ciertos detalles memorables,
como aquella covacha cuya pared lateral
era una flor gigante, multicolor, de cartón tabla
del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.
Quizás debo aclarar que el basurero
no era un basurero, pero los ángeles del barrio
borramos a pedradas la señalización
que lo advertía y prohibía,
justo en la esquina al final de mi calle,
en donde comenzaba la carretera blanca,
el terraplén calizo que iba hacia las canteras.

Y ahora que menciono las canteras
debo decir que entre nosotros las piedras
no eran solo motivo de tropiezo,
pues con las piedras fuimos explorando
el universo externo y el universo interno.
La pandilla de niños del barrio era metódica
como un enjambre de termitas
o bibijaguas, que pelaban los árboles,
y a pedradas pelamos los ventanales de cristal
de la casa amarilla, la casa azul, la casa blanca,
todas abandonadas en un enero inmemorial
y ahora propiedades del ICAIC,
el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos.
Termita Cabezona, dicho sea de paso,
era mi nombre de guerra.
La guerra entre nosotros era un juego realista,
consistía básicamente en caernos a pedradas
en bandos enemigos, aunque eso sí, sin causa
y al menos en mi caso sin mayor estrategia,
pues recuerdo muy bien que la primera vez
que me rajaron la cabeza de una pedrada juguetona,
estaba o creía estar parapetado
detrás de una arequita, frente a la casa blanca,
blanco perfecto yo, a dos metros del asta
de la bandera, que no sé
por que razón no ondeaba jamás en aquel asta.

Sí, las piedras son las pruebas del delito
de mi infancia, y no voy a ocultarlas,
piedra contra las vacas y contra las palomas,
piedras contra los postes de la luz
y las bombillas de las lámparas,
piedras para tumbar mangos, caimitos, mamoncillos,
piedras contra carteles, amigos y enemigos.
Claro que yo era el más pequeño del barrio,
dicho sea en mi descargo o más bien en mi descarga,
y ello quizás me ayude a explicar por qué un día
me vi envuelto en el asalto de Moya, el tractorista,
que iba precisamente rumbo hacia las canteras
mientras nosotros acabábamos una sesión de tamarindos
y a falta de una idea mejor, alguien propuso
tirarle a dar a aquel señor lejano, mal encarado e inocente,
y claro, le rompimos la cabeza —no sin cierta sorpresa
porque Moya llevaba su casco blanco a todas partes.

Lo qué pasó después fue un gran carajo
y vimos a Moya desenfundar su machete
y venirnos encima como un bólido.
La mayoría de mis camaradas
encontraron refugio en las casas cercanas.
Pipo y yo nos zafamos por el trillito que salía
al patio de mi casa —¡nadie me habrá igualado
corriendo aquel trillito!—, bordeamos la casa
y volamos la cerca
para internarnos en el bosque
donde aún había un cafetal
hablando pestes del Cordón de La Habana,
—era un bosque intocable, hijo de Celia Sánchez—,
Moya seguía atrás jugando a los mambises,
nos salimos del bosque y entramos disparados
por el marabuzal, perseguidos aún
y con razón, valga decir, entonces.
Terminamos la fuga camuflándonos
entre las temblorosas ovejas del rebaño
de Enrique Borbonet, viceministro de Educación,
recién llegado por entonces al barrio.

Piedras, basura, tierra y maravillas de mi infancia.
Éramos mataperros, mataperreábamos a diario,
rodeados por la historia, quizás, pero inocentes
de sus entretelones y entresijos.
Y el caballo, en verdad, fue nuestro por un día.
Lo tuve en mi jardín pastando algunas horas
amarrado al flamboyán más joven. Luego Lalo
se lo llevó de vuelta a donde lo encontró,
no sin antes llevarlo a conocer el barrio.
Y parecía un tren, ¡cosa más increíble!,
era un caballo largo, no muy alto.




__________

Coda espontánea para caballo envenenado

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo:
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia,
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente;

aunque a juzgar por esa cosa rancia
que se asemeja a ratos al cianuro,
era menos caballo que serpiente.
Cadáver exquisito (que ya quisiéramos) en colaboración con el Bustro y Heriberto Hernández.

20 comentarios:

bustrófedon dijo...

Una vez nos robamos un caballo...

___
Lennon: Esta vez no me sigas la rima. Ya lo dijiste todo. Pero admito que no me faltan las ganas...

Jorge Salcedo dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo…

bustrófedon dijo...

un perro, un acertijo y un despojo...

Jorge Salcedo dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

Heriberto Hernández dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.
No galopaba al viento como un rayo...

Llego a tiempo?

bustrófedon dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

Nos sirvió de transporte y pararrayo...

Jorge Salcedo dijo...

Sí, Heriberto. La segunda cuarteta comienza con tu verso y termina con la de Alexis. Yo los uno. Alexis comienza el primer terceto y sigues tú, luego yo, Alexis, tú, yo, etc. Vale?

bustrófedon dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo...

Jorge Salcedo dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

_____
OK, Heriberto…

bustrófedon dijo...

Sé que era el turno de HH, pero tengo que coger carretera (y me esperan circo largas horas de trayecto). Perdonadme, vates. Me sumo luego, pero no esperen por mí.
***

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia...

Jorge Salcedo dijo...

Sí, esto es el Oeste. Desefunda, Heriberto, o te quedas en el andén… Yo tengo 10 minutos.

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia,
nos curó del pasado y del futuro…

bustrófedon dijo...

En lo que el palo va y viene...
***

***
Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente...

Jorge Salcedo dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente,

aunque a juzgar por esa cosa rancia…

bustrófedon dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente,

aunque a juzgar por esa cosa rancia
que se asemeja a ratos al cianuro...

Jorge Salcedo dijo...

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia,
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente,

aunque a juzgar por esa cosa rancia
que se asemeja a ratos al cianuro,
la yegua era fatal y alucinante.

Heriberto Hernández dijo...

Disculpen, pero sólo pude poner uno ya que estoy en medio de mil cosas en la office. Gracias por amabilidad, amigos. Quedó excelente.

TIROFIJO dijo...

"la yegua era fatal y deprimente."

sería mejor para el último verso, Respetaría el esquema clásico del soneto, con perdón de los poetas.

bustrófedon dijo...

¡Chapeau! Ahora sí cojo carretera. Gracias a los dos.

Jorge Salcedo dijo...

Sí, el que está alucinando soy yo. Deprimente va bien. Quizás lo cambie. Ya lo había publicado así:

Coda espontánea para caballo envenenado

Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.

No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo:
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.

Nos curó de los miedos de la infancia,
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente;

aunque a juzgar por esa cosa rancia
que se asemeja a ratos al cianuro,
era menos caballo que serpiente.

bustrófedon dijo...

Bravo, Salcedo.