1 de octubre de 2008

La dispersión de la familia

Para Amalia

Ahora recuerdo la casa de mi abuela María, en la ladera de la Loma del Mazo. Íbamos poco a allá, una o dos veces al año, pues la inclemencia del transporte tendía a desanimarnos de emprender cualquier viaje.

No sé si ya te he dicho antes que yo nunca alcancé a conocer a mis abuelos. La madre de mi padre murió cuando yo tenía apenas cuatro años y mis recuerdos de ella son muy débiles, no creo que valga mencionarlos. Abuela María era entonces el centro mayor de confluencia que tenía la familia y en su casa nos reuníamos a compartir algún domingo que terminaba hacia la tarde o la noche, entre canciones memorables y bebida de adultos.

Aquello para mí tenía mucho encanto, pero al doblar la esquina comenzaba la aventura en compañía de mis nuevos y esporádicos amigos —¡no recuerdo ni a uno!—, a lo cual casi nunca podía resistirme. Me iba a explorar el barrio o a lanzarme en patineta desde lo alto de la loma, a comprar pirulí, melcocha o granizado a alguna casa clandestina, o simplemente a respirar el aire de la ciudad y ver los rostros de su gente.

Uno de estos domingos regresé en medio de la fiesta y la acabé de golpe. Era mi tía Carmelina, de una voz dulce y bien timbrada, quien estaba cantando para el embelezado auditorio familiar, y como habían cerrado la puerta del vestíbulo y el embeleso era profundo, opté por tocar el timbre a ver si alguien me escuchaba.

Todo el mundo me escuchó. El sonido del timbre no era el de unas campanitas, sino un chirrido electrónico penetrante y alarmante que, para susto mío, no cesó de inmediato cuando levanté el dedo del botón, porque éste quedó hundido, malignamente provocando aquel sonido espantoso.

Los que antes habían sido algunos rostros familiares, se tornaron diabólicos. Primero, no entendían que aquello era un accidente, y como tras los cristales me veían a mí estupefacto y paralítico, pensaban que era yo quien accionaba la chicharra. El canto se detuvo y acudieron mis parientes con gesto nada amigable, y al comprobar que no era yo quien accionaba aquella alarma, se descompusieron aún más: no sólo había estropeado la intervención magistral de mi tía Carmelina, sino ¡también! el timbre.

Durante varios minutos, no sé si diez o veinte, el timbre siguió sonando y se fue a pique la fiesta. Yo estaba enfermo de vergüenza, culpable y solo, condenado y solo por haber provocado la dispersión de la familia de un modo irreparable y sin habérmelo propuesto.

6 comentarios:

raúlciro (diapositivas...) dijo...

Hola, Jorge, un abrazo. Hermano, ya sé..., no nos conocemos, pero bueno, da igual, sólo quiero comentarte que después de muchas gestiones, hemos podido traer a mi madre, de Cuba a Granada, España. Ella pasará unos días con nosotros aquí, eso está muy bien, es maravilloso. Nos la estamos pasando genial, como sé que le gusta le llevo de compras y esas cosas... Ella no camina muy bien, entonces he conseguido una sillita de ruedas que llevo siempre en el carro, el coche, el automóvil..., y así nos sincronizamos...
La "dispersión" no es tal si entendemos que todos al final tenemos nuestra versión, una óptica diferente de visión. Lo que importa realmente no depende de lo que hagamos, o sí... Siempre habrá espacio para la fiesta, tú sólo tocaste el "timbre", él "por lo que sea" se quedó pegao. Al final sí que llamaste y mucho la atención.
Te aseguro que esta nota, ni nada en mí es una pose. Puedes contar conmigo si en algo te puedo ayudar.
Yo no soy de los dispersos.
Otro abrazo.

Jorge Salcedo dijo...

Raúl, me alegro por ustedes. Hasta te envidio un poco. En otoño, con la vieja, paseando por acá, sería lindo.
En cuanto al poema, no seré yo quien limite sus lecturas, pero te cuento, y tómalo en lo poco que vale, que lo escribí hace siete años.
Un abrazo, brother, y no te pierdas.

Anónimo dijo...

probando---

Anónimo dijo...

Hoy he sido censurado por partida doble. En el blog de Isis, La Reina de la Noche (las reinas también censuran), por criticar a Hernández Busto y Zoe Valdés. Y en Tumiamiblog, donde Ichikawa puso una de sus intragables peroratas. Agrego que no utilicé ninguna mala palabra en esos espacios, nada más expuse mi crítica.

Salcedo, tu blog es uno de los pocos en los que no hay censura. Mis respetos.

Anónimo dijo...

probando, probando--
eso me encantó...

Anónimo dijo...

oye, que el verso de Salcedo es más inteligible que la prosa de raúlciro...