20 de abril de 2009

Sobre la penetración

Su nombre mismo delata el mimetismo antillano
y la penetración yanqui en La Habana
durante la República, dirán los historiadores
nuestroamericanos, abriéndose las venas.
Pero eso, por supuesto, nada tiene que ver
con el acontecer menudo de mi infancia.
El Coney Island del que hablo no está en América Latina
ni en el Primer Territorio Libre de América,
sino en la playa de Marianao, a donde basta
coger una guagua, desde mi casa, que no es mucho,
pues yo vivía en un barrio periférico, lejos de todo
lo demás, pero no del Coney Island.

La historia es lo contrario de la infancia
y el Coney estuvo ahí para mí desde siempre,
ha cambiado, yo sé, porque mi hermano
me habla del muñecón que había en la entrada
y también del mosquito, que volaba invertido,
y ahora en la entrada solo está la entrada
y los mosquitos vuelan en torno a mis orejas.
A mi hermano, cuando habla, se le nota la infancia,
dan ganas de enviarlo de vuelta a la niñez
para que pueda terminar de vivirla
ininterrumpidamente, al menos esta vez.

El Coney Island, como casi todo
en mi pecadora Habana, es un rezago del pasado;
pero un niño, ya se sabe, es lo contrario de un panfleto,
y no hace más que entrar al parque
de la mano de su madre, directo al carrusel,
sube a los avioncitos, los carros locos, la estrella,
las sillas voladoras, todo se mueve y gira
y logra persuadirnos de que nos vamos a algún sitio,
como un ensayo, una preparación
o un curso introductorio sobre la época moderna.

Mi madre, frente a una máquina que simula una autopista
llena de carros, me demuestra que ella sí sabe manejar,
me cuenta de cuando ella y mi padre tenían carro
y, como me lo temía, me repite la anécdota
del día en que una abeja entró en su carro y ella
cambió de pronto hacia el carril contrario
en medio del malecón.
Y yo pienso que es muy triste pero quizás conveniente
que mi madre viaje en guaguas, aunque esto nada garantiza;
teniendo yo cinco años, recuerdo que nos caímos
debajo de las ruedas jimaguas de una Leyland,
por suerte los cubanos somos gritos y aspavientos
y el chofer pudo vernos por el retrovisor.
Fue así que nos salvamos.

Ahora, encantado, voy entrando
en la casa de espejos que hay en el Coney Island.
Mucho antes de entrar fantaseaba con perderme.
Me golpeo en los cristales, me alejo y reaparezco,
doy con gente estupenda de innumerables sonrisas
a las que nunca más volveré a ver, por supuesto,
pongo las manos al frente para ser mis Lazarillos
y sin tropezar con nada salgo directo a una cola
a ver si alcanzo bombones… La noche viene cayendo
y se encienden las luces
del Coney Island. La montaña rusa
ha comenzado a funcionar y domina todo el parque.
No hay nadie en torno mío capaz de hacer una montaña rusa.
No sé quién hizo ésta, la de la Habana Vieja
fue obra de John Miller, el inventor de Cyclone,
la montaña rusa del Coney Island de New York
que muy contrario a lo que piensas, es posterior a la nuestra
y tiene nombre Caribe —la penetración del Caribe
entre las largas piernas de New York.

Ha pasado algún tiempo y he cumplido doce años.
Ahora monto el pulpo, juego bolos y hockey;
como no soy gallina, subo a la montaña rusa,
solo quedan tres puestos dispersos en el carro
y yo voy a parar al lado de una becadita
que es solo un uniforme sonriente, me digo,
y no está mal para el desastre de la primera vez.
El cinturón de seguridad es una barra de hierro
sobre mis piernas delgadas, movedizas y alertas.
Mis ojos escrutinizan los mecanismos de cierre
y siento todo mi cuerpo convirtiéndose en garra.
A la entrada del túnel del amor
la becadita me sonríe. A la salida del túnel
comienza la subida, muy lenta, hacia lo alto
de la montaña —a estas alturas soy un garfio—;
seguimos ascendiendo lentamente, lentamente,
y de pronto el punto muerto de llegar a la cima
y comenzar a caer, que es como verse por dentro,
a toda velocidad, revolucionariamente
caemos en picada entre gritos histéricos
fingidos y reales, hay quien se suelta las manos,
giramos desafiando las leyes de la física
y este tremendo impulso y esta euforia inicial
de la velocidad y del peligro
es lo que va a definirnos por el resto del viaje;
el miedo y la alegría nos aúnan,
nos lanzan unos contra otros fraternalmente, nos congregan,
somos uno con el carro que sube y baja, gira y vuelve,
la gente desde abajo nos mira embelesada
como yo mismo cuando niño.
Quizás John Miller sea un genio
al que nos cuesta trabajo reconocer, digo yo.
El aparato es infantil y no lleva a ningún sitio,
pero al llegar al andén, que fue el punto de partida,
ya no somos los mismos. El mito queda atrás,
y bajamos por la rampa hacia la multitud.

3 comentarios:

Cero Circunloquios dijo...

Eso es lo asqueante, que "la revolución" expulsó a los "yanquis" y ahora los quiere de vuelta!!! Es toda una prostituta ella, ¿eh?
Niurki

Manuel Sosa dijo...

Lo único que espero es el orden, para leer "Mi vida..." íntegro. :)

Jorge Salcedo dijo...

Niurki, aquello va de parque de diversiones a circo y de circo a prostíbulo y de prostíbulo a telenovela (brasileña, mexicana, venezolana) y terminará como un zoológico porno con las venas abiertas.

Guajiro, quedan unos cuantos. Pero tienes buen olfato porque en el orden del libro, éste es el último.